LA RECONSTRUCCIÓN DE UNO MISMO PREVIA
DECONSTRUCCIÓN DE LO QUE “NO DEBIERA SER”.
Es curioso, al final,
mi obra tiene mucho que ver con la forma en que he evolucionado hasta
llegar a ella. La verdad es que las diferentes temáticas que
he abordado a través la creación artística desde
que quise hacer arte con intencionalidad, ha sido siempre de alguna
forma un acto de denuncia.
Durante los años
que estudiaba la carrera de Bellas Artes en la universidad, mis obras
pretendían denunciar la inadaptación del ser humano a
su entorno natural que lo sustituye por un entorno tecnológico.
Así lo materiales utilizados reivindicaban la materia presente
en la naturaleza como elemento constructivo y discursivo.
Desde esta tradición de emplear materia, muchas veces orgánica,
como material expresivo he abordado siempre la obra para a través
de ella evocar al espectador una sensación, casi siempre traumática
de algún aspecto de la realidad humana.
Desde 1995, año
en el que gracias a una beca del Gobierno de Navarra pude conocer el
entorno digital como herramienta creativa, he ido evolucionando en mi
obra infográfica hasta mis más recientes creaciones artísticas
en dicho soporte.
Me doy cuenta de
que en mi trayectoria artística no he dejado de desmenbranarme
esparciendo mis ideas y trabajándolas de una forma bastante dispersa
para reconducirlas hacia un lugar común gracias a una misma actitud
reconstructiva en todas mis creaciones.
La temática que actualmente estoy trabajando es de una coherencia
sin precedente en mis creaciones anteriores. He encontrado un lugar
de cohexión entre varios de los aspectos habitualmente presentes
en mi obra.
Por un lado mi gusto por lo matérico y la materia orgánica
como elemento constructivo y expresivo. Por otro, mi devoción
a la actitud escultórica construyendo a partir de las partes
que ensambladas constituyen un todo a otro nivel. Por otro lado siempre
he sido amante del detalle, la perfección, la exactitud, acercarme
al límite de la percepción en el manejo de las riquezas
cromáticas del micromundo del material. Y por último la
conexión de todos estos aspectos en una actitud artística
al servicio de una temática fruto de una mirada trágica,
traumática e íntima de uno mismo y de la comunidad como
colectivo de seres humanos.
Tal y como hacemos todos los seres humanos para evolucionar hacia algo
que deseamos ser como individuos que conviven con otros y se exhiben
ante los demás , el tema parte de esta necesaria decontrucción
y fragmentación de uno mismo para desechar lo “indigno”
y reforzar lo más loable bajo un nuevo aspecto consecuencia del
reensamblaje de las partes más “aceptables” de nosotros
mismos. La generación de un monstruo desarraigado e incompleto.
Esta reconstrucción es más evidente por ejemplo en esa
eterna búsqueda del perfeccionamiento en el cumplimiento de la
bellaza ideal contemporánea a cada uno de nosotros según
la época “actual”.
La belleza canónica fruto de la conclusión racional entre
las relaciones geométricas, (la proporción), que construyen
el canon de belleza ideal, es un ejemplo de que estamos sujetos a cumplimiento
de normas ajenas a nuestro propio cuerpo pero que exigen precisamente
a este cumplirlas. Es decir, que una normativa de proporciones pertenecientes
al mundo de las ideas y la matemática marca lo aceptable como
bello de nuestra propia fisonomía material y orgánica.
Es así como la sociedad entera actúa hasta que esta actitud
discriminatoria y “obsesiva” nos cala tan adentro que pasa
a formar parte nuestra ética estética.
Alguien me comentó hace poco que en el pasado las mujeres llevaban
el sufrimiento del corsé como un agente externo que se podían
quitar cuando el acto público hubiese concluido, pero que en
la actualidad este adoctrinamiento estético ha sido tan eficaz
que el corsé lo llevamos por dentro en lo psicológico
oprimiendo constantemente.
Vivimos dentro de un ser que resulta ser nuestra propia proyección
en el entorno social, una reconstrucción a imagen y semejanza
de eso que de nosotros se espera.
Ricardo Laspidea.